Un lugar donde pueda ser yo

Últimamente me he descubierto pensando mucho en lo que significa para mí tener un hogar.
No una casa, no cuatro paredes, no un lugar donde guardar mis cosas o dormir por las noches … UN HOGAR.
Quizá porque actualmente vivo en un espacio que no es mío y, aunque tengo mi habitación y puedo utilizar las áreas comunes, muchas veces prefiero permanecer en mi cuarto y no necesariamente porque alguien me lo impida, sino porque ahí encuentro mi espacio, mis cosas, mi silencio y mi manera de habitar.
Y todo esto me llevó a reconocer algo que probablemente llevo buscando durante muchos años, QUIERO SENTIR QUE PERTENEZCO AL LUGAR QUE HABITO.
Durante mucho tiempo viví en casa de mis papás, era mi casa, por supuesto, pero las reglas eran las reglas de mis papás. Podía opinar, proponer, participar, pero al final existía una autoridad sobre el espacio que no era la mía.
Mi habitación era mi pequeño territorio, y ahora, viviendo lejos de México, vuelvo a encontrarme de alguna manera frente a esa misma sensación, tengo un lugar donde vivir, pero no siento que sea mi hogar.
Curiosamente, uno de los lugares donde más cerca estuve de experimentar esa sensación fue en mi consultorio, un espacio que yo elegí, lo decoré, acomodé las cosas como quería y construí un espacio que hablaba de mí. Ahí podía materializar mis ideas y sentir que algo me pertenecía. También tenía limitaciones porque estaba dentro de una clínica de salud y bienestar, pero por primera vez experimenté algo muy parecido a decir, “Este es mi espacio.”
Y quizá por eso hoy puedo comprender que llevo muchos años buscando lo mismo de diferentes maneras.
¿Qué significa para mí sentirme en casa?, fue la pregunta que me hacía, cuando comencé a hacerme esta pregunta, aparecieron estas palabras: comodidad, confianza, libertad, fluidez, autenticidad y sobre todo seguridad.
Me di cuenta con estas palabras que quiero sentirme cómoda. Quiero tener la confianza suficiente para bajar la guardia, quiero sentir libertad para cocinar, descansar, mover algo, decorar, trabajar, recibir a alguien o simplemente no hacer nada.
Quiero fluidez. No tener que calcular constantemente mis movimientos ni preguntarme si lo que hago incomodará a alguien, y sobre todo, quiero autenticidad, quiero poder ser yo en el lugar que habito y sentirme segura.
Entonces comprendí que quizá mi deseo de tener un espacio propio no tiene que ver únicamente con independencia económica o con vivir sola, tiene que ver con algo mucho más profundo… con sentir que puedo ocupar espacio sin pedir permiso para existir.
¿Y qué pasará cuando viva en pareja? Esta reflexión inevitablemente me llevó hacia otro lugar, Si deseo tanto mi autonomía, ¿qué sucederá cuando algún día comparta mi vida y mi casa con alguien?¿Volveré a sentir que estoy habitando el territorio de otra persona?¿Sentiré nuevamente que tengo que adaptarme?¿Podré sentir libertad dentro de una vida compartida?
Y aquí apareció una comprensión todavía más profunda.
Hoy estoy entendiendo un miedo que he visto muchas veces en mí y que probablemente explica muchas de las barreras que pongo cuando comienzo a involucrarme emocionalmente con alguien: tengo miedo de perderme dentro de una relación.
Y no es un miedo que haya aparecido de la nada, ya me he perdido antes y sin vivir con ellos jajaja, he dejado partes de mi mundo a un lado, me he adaptado demasiado y, en ocasiones, he puesto las necesidades, los tiempos o la vida de mis parejas por encima de los míos, esto por el deseo de construir algo, aqui veo otra creencia a reformar que viene de arbol genealógico, "para construir algo requiero abandonarme".
Ahora también puedo comprender por qué durante tantos años he buscado con tanta intensidad mi lugar.
Crecí en un hogar donde existieron dinámicas de control y donde, en ocasiones, la invasión podía confundirse con cuidado, preocupación o amor. Y cuando creces aprendiendo que la cercanía también puede significar que alguien opine, decida o intervenga demasiado sobre tu vida, es fácil comenzar a confundir dos cosas completamente diferentes ... intimidad e invasión.
Quizá por eso, cuando alguien intenta acercarse profundamente a mí, una parte de mí todavía se pone en alerta, porque aunque conscientemente pueda desear intimidad, emocionalmente puede aparecer otra pregunta .... ¿Y si acercarte significa que después quieres controlarme?
Entonces pongo distancia, levanto barreras y protejo mi mundo. No necesariamente porque no quiera amar o compartir mi vida, sino porque durante mucho tiempo una parte de mí aprendió que para conservar mi libertad tenía que proteger mi espacio y que para construir algo requería abandonarme.
Y hoy comienzo a entender que quizá mi aprendizaje no consiste en elegir entre intimidad, libertad y creación.
Consiste en aprender que puedo crear teniendo intimidad y libertad.
Porque intimidad no es invasión y convivencia no significa perder autonomía.
La intimidad permite que alguien entre en mi mundo sin apropiarse de él.
Es poder compartir profundamente con alguien y, al mismo tiempo, seguir teniendo pensamientos, espacios, amistades, decisiones, silencios y momentos que me pertenecen.
La invasión comienza cuando la cercanía deja de sentirse elegida y empieza a sentirse exigida o cuando simplemente tu dejas tu mundo por priorizar el del otro, convivir implica hacer acuerdos para que ninguna persona se pierda en el vinculo y respetar decisiones sin tomarnos las cosas personales (pero para esto se requiere comunicacion y trabajar nuestras heridas).
No se puede compartir una casa con alguien y comportarme exactamente como si viviera sola. Existirán decisiones compartidas, responsabilidades, necesidades diferentes y momentos en los que ambos tendremos que ceder.
Pero hacer acuerdos no significa dejar de pertenecerme.
Quizá la autonomía adulta no consiste en hacer siempre lo que quiero.
Consiste en poder considerar al otro sin abandonarme a mí, considerar un Yo, tú y nosotros.
Tal vez durante mucho tiempo imaginé la libertad como algo que solamente podía experimentar estando completamente sola, Hoy comienzo a cuestionarlo.
Quizá existe otra forma, una relación donde exista un yo, exista un tú y podamos construir un nosotros sin que ninguno tenga que desaparecer.
Un hogar donde haya cosas mías, cosas tuyas y cosas nuestras, donde podamos preguntarnos: ¿Cómo queremos vivir? ... en lugar de: ¿Quién pone las reglas? y donde pedir espacio no sea interpretado como falta de amor.
Porque puedo necesitar estar sola y seguir amándote, puedo tener mis propios proyectos y elegir compartir mi vida contigo, puedo cerrar una puerta durante unas horas y después querer encontrarte al otro lado, puedo necesitar autonomía y también desear intimidad, una cosa no cancela la otra.
Quizá incluso esa sea una de las formas más sanas de amar:
poder acercarme a ti sin tener que alejarme de mí.
.... y volviendo a contruir mi hogar, hoy todavía no tengo ese espacio completamente mío que durante tantos años he imaginado, y quizá económicamente todavía estoy construyendo las condiciones para poder sostenerlo, pero algo cambió, ahora sé lo que estoy buscando, no estoy buscando solamente un piso, estoy buscando una sensación.
Quiero entrar por la puerta y sentir que puedo bajar la guardia, quiero sentir comodidad, confianza, libertad, fluidez, autenticidad.
Y quizá construir un hogar comienza mucho antes de tener las llaves de una casa propia, comienza cuando dejamos de pedir permiso internamente para ocupar nuestro lugar, cuando aprendemos a poner límites sin levantar muros, cuando podemos acercarnos a alguien sin desaparecer dentro de él, cuando entendemos que compartir no significa entregarnos por completo y que amar tampoco significa renunciar a nuestra individualidad.
Quizá, después de todo, hogar sea precisamente eso, el lugar donde puedo compartir mi vida sin dejar de pertenecerme y entonces me queda una pregunta que también quiero dejarte a ti ...
¿Qué necesitas sentir para poder decir: “estoy en casa”?
✦ Andrea Argüelles ✦





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